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  • Diario Digital | miércoles, 21 de octubre de 2020
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CRÍTICA. SERIE “GUNPOWDER” (2017)

Jon Nieve tiene la pólvora mojada

¿Qué podía salir mal? Era una miniserie histórica, proyecto personal que protagoniza, escribe y produce Kit Harington -el Jon Nieve de “Juego de Tronos”-; apadrinada por la mismísima BBC, con Liv Tyler  (“El señor de los Anillos”, “The Leftlovers”); el polifacético Mark Gatiss (creador de “Sherlock” y piel de Mycroft)… hay viajes, intrigas palaciegas, conflictos internacionales, torturas en la Torre de Londres, dramas familiares, ahorcamientos públicos… y eran solo tres capítulos ¿Qué podía salir mal? Después de haber vencido múltiples tentaciones de abandono, lo que uno se pregunta al terminar la serie -ya disponible en HBO tras su estreno en la BBC- es si algo de lo que ha visto en "Gunpowder" ha salido realmente bien.

Jon Nieve tiene la pólvora mojada

Gunpowder cuenta la conjura de los nobles católicos británicos que, en 1605, quisieron volar el parlamento de Westminster con el rey Jacobo I y su familia dentro para detener la persecución religiosa a la que eran sometidos. La llamada Conspiración de la Pólvora sería la excusa perfecta para que el rey colgase a todos los papistas y se apoderase de sus haciendas.

Con esos mimbres, el equipo de escritores encabezado por el propio Harington ha perpetrado una miniserie plúmbea, en la que solo el aburrimiento de una acción mal desarrollada atenúa la irritación que provoca unos diálogos que transitan con demasiada frecuencia de lo barroco a lo cursi.  No hay chispa narrativa que encienda la mecha y la pólvora acaba criando moho.

El mal comienza con el propio protagonista, Robert Catesby, un cliché caballeresco que solo se comunica con sus semejantes mediante arengas y alegatos. Aprendimos a aceptar como inevitable el “discursito del prota” cuando precede al clímax; pero aquí se usa el discurso y la afectación para todo tipo de situaciones. Consigue la serie que uno acabe acogiendo con simpatía la idea de Jacobo I de rodear con una horca esos cuellos tan proclives a la homilía.

Demasiadas escenas se alargan innecesariamente con entradas y salidas de actores, abrazos de bienvenida, abrazos de despedida; gestos de acartonada teatralidad que parecen necesitar un coro de mendigos de Withechapel o algún otro entretenimiento musical que justifique tanto parón narrativo. Si alguna escena arranca con interés, el alargamiento termina por disolverlo. Los guionistas hacen con las secuencias lo mismo que los torturadores con los cristianos en el potro la Torre.

La acción repta pesadamente sobre una concatenación de escenas estáticas. Por impericia en su diseño o por desidia en la iluminación, parece que la pintura acabara de secarse sobre el cartón piedra de los sets, dando a la mayoría de los escenarios el aspecto pobre de una obra de instituto. 

¿No había dinero para más? Aunque parezca increíble, una historia que se desarrolla en tres países y en solo tres entregas acaba “quemando” decorados, como si fuera una telenovela de 500 capítulos. Copenhague -refugio de los católicos exiliados- sale siempre como un callejón oscuro de metro y medio de ancho; las calles de Londres son siempre la misma yarda chapoteante de barro y boñigas; repetimos cadalso; repetimos prado con puente; por repetir,  repetimos hasta tortura en la Torre (más potro, lógicamente). 

¿Equipo artístico?
En la era del croma es difícil entender por qué El Escorial parece el pasillo de una bodega, o cuál es la razón que obliga anunciar siempre Copenhage con una foto fija,  o qué obliga a situar las intrigas británicas en un salón que tiene una pared entera pintada con un Cristo de El Greco. La sensación de penuria artística crece cuando se cae en la cuenta de que ese Cristo del muro es… ¡el de El entierro del señor de Orgaz!  Uno se distrae imaginando al director de arte de la serie bajándose la foto de wikipedia, ampliándola y encargando un vinilo de tres metros ancho para pegarlo sobre el decorado. ¿Eso era la calidad BBC?

Harington y Tyler; el Greco, al fondo (Imdb)


No hay ritmo, como se ha dicho, y sí demasiados clichés y lugares comunes. A estas alturas, por ejemplo, no se debería acabar un producto audiovisual con mínimas pretensiones recurriendo a un tiroteo a cámara lenta. Sí: un tiroteo a cámara lenta. Y de arcabuz.

La rigidez parece contagiar a todos los personajes que entran en contacto con Harington. Liz Tayler gorjea inmóvil párrafos con filigrana; Peter Mullan , su amigo el obispo, termina recitando sus frases con la mirada perdida en el infinito, como en un péplum.

Quizás por eso parezca imposible empatizar ni con el personaje de Harington ni con su causa, ni con sus correligionarios. Algunos pasajes de crueldad contra ellos se siguen con curiosidad; pero a la mayoría se asiste con indiferencia, si no con tedio.

Una de las escasas aportaciones de la obra es su retrato de la crueldad protestante contra los papistas, algo que será todo un descubrimiento para quienes consideraban que la Inquisición católica tenía el monopolio del sadismo en las guerras religiosas.


Mark Gatiss se salva de la quema y construye con mayor riqueza y soltura su personaje de Lord Robert Cecil, intrigante y manipulador. ¿Puede ese éxito deberse a que no comparte escena con Harigton hasta el final? El otro malo de la historia, Sir William Wade sobrevive a la sobreexposición del personaje sólo por la pericia del actor que lo encarna, Shaun Dooley

Se podía 
El protagonismo de la pólvora nos recuerda que este mismo año, otro actor, Tom Hardy, nos ofreció su propio proyecto en forma de serie, Taboo. Taboo es también un producto con problemas técnicos, especialmente en la iluminación; pero ponerlo junto a Gunpowder sirve para demostrar que la ambición de un actor no es, necesariamente, un pecado destinado al fracaso. Hardy aprovecha su capacidad actoral para generar un personaje, mover la trama entorno a él y hacer economía del diálogo en favor de la acción; Harington, sin embargo, es responsable de un producto sin ritmo, que no acierta con sus textos barrocos ni con su aparente desconocimiento de la técnica cinematográfica. Ni siquiera él mismo aparece bien retratado: en 7 temporadas de Juego de Tronos no habíamos descubierto la escasez de su altura.

Taboo es la prueba de que se podía; pero nuestro Jon Nieve ha estado removiendo la pólvora durante tres capítulos sin encontrar la manera de prenderla.

A Harington le ha faltado talento o le ha sobrado metraje. Seguramente las cosas habrían ido mejor recortando más el número de capítulos. Quizás le sobren tres.